El Pastor del pequeño México

Si conduce hacia el sur desde el centro de Nashville, se encontrará con un vecindario vibrante que alberga personas de todo el mundo y también encontrará la Iglesia Metodista Unida (IMU) Woodbine y la Primera Iglesia, ambas dirigidas por Carlos Uroza, un pastor que utiliza sus experiencias como inmigrante mexicano para unir a sus congregaciones y la comunidad circundante.

Caía la noche en la Ciudad de la Música cuando Carlos Uroza caminaba por la alfombra estampada del Aeropuerto Internacional de Nashville. El área de reclamo de equipaje y las promesas de la vida en un nuevo país se extendieron ante él. Carlos no era del todo nuevo en la ciudad pues esa noche llegaba en su segundo viaje a Nashville. Durante su primera visita cuatro años antes, se refugió en una librería en el centro mientras un tornado azotaba la ciudad. Al otro lado de la calle la gente se apiñaba en una estación de Greyhound, huyendo del viento voraz y los escombros mientras algunos turistas corrían al aire libre, buscando refugio en el club de striptease de al lado, donde el bajo seguía retumbando.

Comparado con el corazón de un tornado, el aeropuerto parecía pacífico, pero Carlos tuvo el mismo sentimiento postapocalíptico de esa noche en el centro. El lugar estaba en silencio y casi desierto. La alfombra se tragó el sonido de los pasos de Carlos mientras la amenaza y el miedo acechaban bajo una capa marginal de calma.

Cuando dobló en una esquina, Carlos vio a los guardias en alerta máxima clavando sus ojos en todos los que pasaban y fue cuando cayó en cuenta que era el 11 de septiembre de 2002, un año después del ataque del 11 de septiembre. Carlos se había sorprendido por la asequibilidad de su vuelo desde la Ciudad de México y ahora entendía por qué.

El Rev. Carlos Uroza predica dos servicios todos los domingos en la Iglesia Metodista Unida (IMU) Woodbine, el primero en inglés y el segundo en español en la Primera Iglesia. Carlos se mudó de México a los Estados Unidos cuando tenía 20 años y usa sus experiencias para unir a su comunidad.

El Rev. Carlos Uroza predica dos servicios todos los domingos en la Iglesia Metodista Unida (IMU) Woodbine, el primero en inglés y el segundo en español en la Primera Iglesia. Carlos se mudó de México a los Estados Unidos cuando tenía 20 años y usa sus experiencias para unir a su comunidad.

 

Durante los últimos dos años Carlos se había sumergido en el trabajo misionero, por lo cual él y su madre habían hospedado a estudiantes de Nashville en su casa en el Estado de México. Planeaba organizar viajes a iglesias locales en Nashville, conocida por su poderosa jerarquía metodista, pero unas semanas antes de irse, la organización para la que trabajaba cerró. Sin embargo, decidió hacer el viaje de todos modos cuando tenía 22 años, sin un diploma de escuela secundaria, impulsado por su instinto, el deseo y la curiosidad. Una familia cuyo hijo se había quedado con Carlos en un viaje misionero lo esperaba en el aeropuerto fuera de la seguridad. Eran los Jordan, quienes lo llevaron a su rancho de tres habitaciones en Crieve Hall, al sur de la ciudad.

Carlos se dejó caer en su nueva cama y miró al techo; se sintió abrumado por los cambios que se avecinaban y los pensamientos se agolpaban en su mente, chocando entre sí como carritos chocones, cuando una sola pregunta comenzó a desplazar todo lo demás: ¿Qué demonios estoy haciendo?

El Lenguaje es Justicia

Dos años antes el ruido había llenado la vida de Carlos; fue difícil de escuchar y era difícil pensar. La Talacha palpitaba con cuernos ska y sus tambores. Arriba, Panteón Rococo, una banda de 10 integrantes, pisoteó el diminuto escenario del bar. A medida que se acercaba la medianoche, la multitud se calmó, pero nadie dejó de beber. Pidieron baldes de cerveza, botellas de tequila o brandy si se sentían ricos/as, latas de Fresca. Mucho después del último pedido Carlos, quien lavaba los platos del bar, fregó las jarras vacías.

Abajo, en su lugar en el borde de la barra, Carlos tomó otra jarra sin pensar y sintió un dolor agudo. Miró hacia abajo y notó que la sangre brotaba de su mano como Cheerwine de un grifo roto. Había agarrado una jarra rota y mientras trataba de detener el flujo, Carlos se detuvo y miró a su alrededor. Llaves inglesas y matrículas se alineaban en las paredes; taburetes rústicos rodeaban la barra. Sintió poca conexión con el grupo pues solo trabajaba en La Talacha porque lo hacían sus amigos.

Carlos flotaba en Izcalli, en los suburbios del Estado de México y podía sentir cómo se estrechaban las oportunidades en su vida: veinte años, lavando platos, sin educación, viviendo con su madre, Lucy, quien trabajaba constantemente a pesar de la artritis reumatoide que afectaba todas sus articulaciones. Su rutina incluía ir al bar y regresar al hogar, bar, futbol, hogar. Todos los días eran iguales, excepto el domingo, cuando él y Lucy iban a la iglesia.

Esa noche en La Talacha, mientras la sangre corría y la fiesta se arremolinaba, Carlos se analizó: el bar a su alrededor se sentía como una declaración de misión para cierto tipo de existencia sin preocupaciones. Bailar, beber, oír música ska, tranquilidad al no desear nada más. Una buena vida, seguro, pero no una que hubiera elegido conscientemente. A lo lejos, pudo distinguir un rayo de luz, los contornos borrosos de un sueño, una vida más allá de Izcalli. No tenia idea de cómo llegar allí.

Carlos en el piano.

Carlos y el piano.

Al día siguiente de que Carlos se cortara la mano en La Talacha, salió en un viaje misionero. Su iglesia local lo contrató para recoger a un grupo de una iglesia estadounidense en el aeropuerto y llevarlos/as a Huitzapula, un pueblo siete horas al sur de Izcalli en el montañoso estado de Guerrero, donde trabajaría junto a ellos/as durante dos semanas.

Carlos había crecido en la Iglesia Metodista y todos los domingos antes del servicio, Lucy lo llevaba a Vips, su restaurante favorito, para una comida diferente y compartida. Madre e hijo se pusieron al día con huevos divorciados, café y molletes: pan cubierto con frijoles, queso y pico. Luego, Lucy le dio a Carlos unos pesos, que gastó en el café con su grupo de jóvenes después de su reunión de las 5 p.m.

Carlos siempre sintió que llevaba una doble vida pues cuando abandonó la escuela secundaria a los 17 años, se quedó con viejos amigos del vecindario. Todos los días se divertían viendo televisión, jugando videojuegos en la sala de juegos y compartiendo un paquete de cigarrillos 20 Camel Lights. Los domingos, Carlos se rodeaba de otra multitud. Amaba a sus amigos de la cuadra, a quienes todavía llama sus "hermanos", pero su grupo de jóvenes le brindaba un sistema de apoyo diferente y sentía que pertenecía a ese grupo. La iglesia siempre había sido una puerta por la que Carlos podía pasar, pero nunca había considerado seriamente una vida en la iglesia hasta el viaje misionero a Huitzapula.

Tres años antes, en 1997, un grupo de jóvenes de una iglesia metodista en Nashville había viajado a Izcalli para construir los cimientos de una guardería en la iglesia de Carlos, y un niño llamado Andrew Jordan se había quedado en su casa. Carlos no sabía inglés y Andrew solo sabía un poco de español, pero se unieron con The Offspring, Radiohead y Nirvana; jugaron fútbol en la calle afuera del apartamento y tarde en la noche, intercambiaban malas palabras, creando su propio diccionario español/inglés.

Carlos hizo 15 viajes en los dos años posteriores a esa noche en La Talacha. Una vez llevó un grupo 70 millas al sureste de Izcalli a Amecameca. El volcán Popocatépetl se cernía sobre el pueblo, algo que Carlos nunca había visto, ya que estaba acostumbrado al estuco de las casas idénticas de Izcalli y a la tenue luz del bar de La Talacha. En sus caminatas matutinas hacia el mercado, miraba los picos blancos que coronaban el horizonte. Por un momento, olvidó adónde iba.

A Carlos le encantó conocer estudiantes de los Estados Unidos que realizaban estos viajes porque le encantaba Hollywood y el grunge. Pero no idealizó a los Estados Unidos; simplemente le gustaba interactuar con personas que habían crecido en diferentes circunstancias porque disfrutaba cómo ellas hablaban de su vida diaria, cómo no parecían fanáticos/as con su fe. Más que nada, amaba intercambiar su cultura y su idioma con ellos/as: “El lenguaje es justicia y la idea de poder comunicarte abre muchas puertas” dijo.

Cuando regresó a Izcalli después de estos viajes, Carlos trató de relatar lo que había visto y sentido a sus amigos de la cuadra. "¿Pero por qué?" le preguntaron y Carlos renunció a tratar de explicar, pues sus amigos se contentaban con trabajar un poco, salir mucho, jugar billar, fumar. Pero Carlos había descubierto un mundo más amplio y la posibilidad de estar en él. Cuando llegó a casa emocionado después de los viajes misioneros, Lucy no pudo evitar sonreír ya que había dejado la escuela por un trabajo sin futuro y su falta de rumbo también pesaba sobre ella, que siempre había querido más para él. Su hijo, a diferencia de ella, tendría el poder de elegir.

La IMU Woodbine.La IMU Woodbine.

Cenicienta

Lucy escapó de lo que Carlos llama una infancia de “Cenicienta” en Tlaquiltenango, Morelos. Su madre murió cuando ella tenía 4 años y su padre se volvió destructivo cuando bebía. Así que Lucy y su hermana menor se fueron a vivir con su tía y su tío, donde rápidamente se convirtieron en ayuda no remunerada. Atendieron al resto de la familia y recibieron la más raída de las prendas de segunda mano. Para pagar sus gastos, deambulaban por las calles vendiendo baratijas. Lucy nunca recibió un juguete.

Al igual que su hijo, Lucy soñaba con el mundo exterior, con nuevas personas y lugares y cuando tenía poco más de 20 años, se fue a la escuela de secretariado en la Ciudad de México, a tres horas y un universo de distancia de Tlaquiltenango. La capital fue aterradora al principio, impactante en su ruido y escala, pero Lucy valoraba su independencia por encima de todo. A la vuelta de cada esquina, dentro de cada cuadra, la ciudad rebosaba de posibilidades que no existían con sus familiares.

Lucy conoció a un hombre y en 1980 nació Carlos. La familia vivía en medio de bulevares arbolados en la Colonia Roma. Se quedaron en una vecindad, que es un grupo de apartamentos tipo loft que compartían un patio en la azotea. Carlos tenía 5 años cuando su padre desapareció. Nunca lo volvería a ver.

Lucy encontró trabajo como secretaria en la empresa que desarrolló la mayor parte del Estado de México, la tierra más allá de la capital. Le ofrecieron viviendas subvencionadas por la empresa, por lo que ella y Carlos hicieron las maletas y se mudaron a las afueras. A medida que Carlos crecía, Lucy desarrolló artritis severa en sus manos por lo que ya no podía trabajar como secretaria, y encontró trabajos ocasionales como asistente de notarios públicos. Mientras aprendía a manejar su discapacidad, envió a Carlos de 10 años a vivir con su familia en Morelos. Cuando él cumplió 15 años, su vida se había estabilizado y ella lo trajo a casa.

Crueles ironías dominaron la vida de Lucy pues la niña que soñaba con la ciudad ahora vivía en los suburbios; quien siempre quiso viajar ahora caminaba con bastón. Y la madre tan devota de su único hijo no vio mucho de su adolescencia porque sabía que Carlos vagaba por Izcalli sin supervisión, fumando y perdiendo el tiempo, no estudiando. Por ello cuando se dedicó a los viajes misioneros y a aprender inglés, Lucy se sintió orgullosa porque le encantaba que su hijo hubiera encontrado algo que le importara, incluso si algún día ese algo pudiera llevárselo.

 

Pozole y Hogar

Dieciocho años después de su llegada a Nashville, el Rev. Carlos Uroza ocupa un lugar central en la IMU Woodbine. Cuando habla, llama la atención y cuando cuenta una historia sobre la compra de comestibles, actúa como si estuviera recogiendo artículos de un estante y poniéndolos en su carrito. A veces toma su guitarra, que aprendió a tocar en Izcalli, y toca canciones como “Creep” de Radiohead.

“Los años 80 fueron raros, hombre. He visto fotos de algunos de ustedes con laca en el cabello” dice después de cantar algunas líneas de “Never Gonna Give You Up” y el público se ríe.

Cada domingo a las 9:45 a. m. Carlos habla ante una audiencia mayoritariamente blanca de baby boomers. A las 11 a. m., en el mismo santuario, comparte el mismo mensaje con la Primera Iglesia, para un grupo más joven de familias de habla hispana.

Algunas personas llaman a Woodbine "Pequeño México" pues en la década de 1990, trabajadores/as migrantes de México se mudaron al vecindario atraídos/as por los alquileres asequibles. En 1992, La Hacienda, uno de los primeros mercados/restaurantes mexicanos de Nashville, abrió al lado de la IMU Woodbine, consolidando el apodo de Pequeño México.

 

 

Poco después de mudarse con los Jordan, Carlos sintió nostalgia. La familia lo llevó en un paseo de 10 minutos por Nolensville Pike hasta La Hacienda y se detuvieron en el estacionamiento, donde el olor a lejía y maíz llegaba desde la fábrica de tortillas en la parte de atrás. La Hacienda fue el primer vistazo de Carlos al hogar. Salió de la tienda con todos los chiles que pudo cargar: bolsas de guajillos, latas de chipotles.

Cuando extraña su casa y a su mamá, Carlos compra chiles y hace pozole rojo. Comienza con maíz y pollo, lo que su esposa e hijo prefieren al cerdo tradicional. Agrega chiles guajillo y chiles ancho, luego rábanos rojos, lechuga finamente picada, cebolla cruda y aguacate en rodajas. Exprime jugo de limón sobre toda la olla. Para Carlos, el pozole es tener el hogar en un bol; es su comida favorita para cocinar y comer.

La IMU Woodbine y la Primera Iglesia no fueron las primeras asignaciones de Carlos como pastor, ya que, al poco tiempo de llegar a Nashville obtuvo una visa de trabajador religioso y consiguió un trabajo como pastor de habla hispana en Murfreesboro. Se convirtió en residente legal en 2009, obtuvo su GED, obtuvo una maestría en divinidad de Vanderbilt y se convirtió en ciudadano estadounidense en 2015. Conoció a su esposa Sarah en esa iglesia en Murfreesboro y se casaron en 2010, el mismo año en que se mudaron a Nashville. Un año después, tomó el trabajo de la Primera Iglesia y su hijo Luke nació en 2014. Cuando el ministro de habla inglesa de Woodbine se fue en 2018, Carlos tomó su lugar.

Carlos ama su trabajo, su ciudad, su familia pues todo lo ha logrado en las Américas. Pero muchas personas con las que habla, personas con raíces similares a las suyas, no han podido.

Un lugar llamado Flat Rock

Para comprender lo que está en juego en Woodbine y el papel de Carlos en el vecindario, se debe conocer su importancia para la comunidad migrante de Nashville. Si bien el vecindario es el hogar de La Hacienda hoy, el terreno donde se asienta Pequeño México ha albergado a muchas personas y movimientos diferentes.

La gente de Woodbine cuenta una historia sobre un lugar llamado Flat Rock, de aproximadamente la mitad del tamaño de una cancha de baloncesto, ubicada en lo que ahora es la intersección de Nolensville Pike y Whitsett Road. Los bosques circundantes eran exuberantes y verdes, y matorrales de caña, altos y densos, engullían la tierra. Cherokees, Chickasaws, Choctaws, Creeks y Seminoles vivían de la tierra, y las tribus acordaron reservar los bosques para la caza. Querían mantener el área abundante, con suficiente comida para todos/as, por lo que cada tribu acordó vivir más lejos de la roca, dejando el bosque salvaje e indómito.

Cuando surgió el conflicto, las tribus enviaron representantes a través del bosque para reunirse en Flat Rock. Se sentaron en la piedra rectangular, un banco en medio de la formación y con el sol alto sobre los bosques, las tribus comerciaban, debatían tratados y se pasaban una pipa ceremonial. Forjaron sus Naciones Unidas, su tribunal, su Wall Street. Las concesiones de tierras de la Guerra Revolucionaria, las grandes mansiones y los ferrocarriles desplazarían los bosques y las tribus, el humo y el polvo dominarían el aroma original de madreselva de la zona.

Hoy, si Carlos saliera de la IMU Woodbine, girara a la derecha y pasara por el sitio original de Flat Rock en Nolensville Pike, pasaría por la sede de Workers’ Dignity, una organización sin fines de lucro que lucha por los derechos de los/as trabajadores/as con bajos salarios. Conduciría junto a camiones de construcción que retrocedían hacia Woodbine, donde las cabañas descascaradas comparten calles con casas Craftsman recién construidas. Más allá de inmersiones acurrucadas y cocina que huele a San Salvador y Estambul, Guadalajara y Raqqa; de un lector de cartas de tarot y palma, que mantiene una calificación de Yelp casi perfecta; del desvío a Glencliff High, donde los/as niños/as de Kurdistán, Egipto, Vietnam y México aprenden mariachi de una mujer llamada Gaby. También pasaría por lotes de autos usados con nombres que van desde lo más sencillo como Carland, hasta sobrevaluados como Picasso Auto.

Pasaría por gasolineras, mercados y taquerías que sirven el mejor al pastor de la ciudad, hirviendo a fuego lento en una olla con piña; una tienda de vaporizadores llamada Kountry Kloudz, que tiene un mural de Kobe en la pared lateral. Más allá está el Pequeño Kurdistán donde la gente reza, come, aprende y probablemente juega al fútbol; y está un lugar anteriormente conocido como The Plug, donde un hombre llamado Tin solía vender Jordans y camisetas antiguas. Ahora, el dulce olor a pan dulce sale de sus puertas y llega al vecino Dairy Queen. Eventualmente, Carlos giraría a la derecha hacia Crieve Hall, donde él y Sarah son dueños de una casa de campo a pocas cuadras de la casa de los Jordan, donde vivía cuando se mudó a la ciudad por primera vez.

El vecindario de Woodbine es el hogar de un grupo diverso de personas y empresas, incluida La Hacienda, uno de los primeros mercados/restaurantes mexicanos de Nashville. La familia estadounidense con la que se quedó Carlos cuando llegó por primera vez a los Estados Unidos lo llevaban a La Hacienda cuando añoraba su hogar.

El vecindario de Woodbine es el hogar de un grupo diverso de personas y empresas, incluida La Hacienda, uno de los primeros mercados/restaurantes mexicanos de Nashville. La familia estadounidense con la que se quedó Carlos cuando llegó por primera vez a los Estados Unidos lo llevaban a La Hacienda cuando añoraba su hogar.

 

En 2011 cuando Carlos llegó por primera vez a la IMU Woodbine, la casa promedio en el vecindario costaba alrededor de $100.000 y ahora, algunas se venden por cuatro o cinco veces más. En los últimos años, al menos tres familias de la Primera Iglesia se han visto obligadas a mudarse por culpa de propietarios/as oportunistas o desarrolladores/as que acechan. Carlos quiere ayudar porque ama a su congregación y también siente una especie de culpa del inmigrante sobreviviente: culpa por lograrlo aquí y culpa por la forma en que lo logró.

“Mi historia como migrante es diferente a la de otros/as, aunque todos/as piensan que la historia del migrante es alguien que lucha económicamente. … No digo que no tuve problemas financieros, pero tuve un apoyo más fuerte. Escucho historias de personas de mi congregación que tuvieron que cruzar la frontera en las situaciones más horrendas y siento que mi historia es diferente. No fue tan duro como la de ellos/as” dijo, y agregó que no cree que su congregación lo juzgue, pero sabe que las personas que lo miran y conocen de dónde viene hacen ciertas suposiciones. Su historia desafía los estereotipos fáciles.

Para proteger el vecindario, Carlos ha co-fundado y es el director ejecutivo de una organización llamada Desarrollo Comunitario Cosecha, que invita a los/as miembros de la Primera Iglesia y a los/as residentes más nuevos/as del vecindario a reunirse y compartir comidas, organizar mercados de agricultores/as y tomar clases de idiomas. Cosecha organizó su primera comida compartida llamada “Feast”, en una fresca tarde de octubre en el patio trasero de Humphreys Street Coffee, a un par de millas de la iglesia. Las familias se sentaron en mesas de picnic cubiertas con bolsas de papel llenas de comida y debajo del porche delantero del café, pusieron una hielera con Jarritos de mandarina y tamarindo.

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Cuando el sol se desvaneció sobre el café, las cadenas de luces se encendieron en el patio. Carlos cantó un himno con Brooklyn, la hija de Courtney y Brian Hicks, los dueños de la cafetería. Courtney también es cofundadora de Cosecha. Los/as asistentes disfrutaron de los burritos de barbacoa, los tamales de mole y las conchas.

“Para mi teología, lo más importante que podemos hacer es que las personas se reúnan alrededor de la mesa, la mesa del Señor; venimos con nuestros desacuerdos y nuestras diferentes historias de vida, pero cuando nos sentamos a la mesa, todos/as somos iguales. ‘Feast’ debe reflejar quién está representado en la mesa y quién no” dijo Carlos, para quien su teología honra a los/as residentes originales de Woodbine, los/as nativos/as americanos/as que se reunieron en Flat Rock; reúne a diferentes tribus alrededor de la mesa. Las tribus originales perdieron su tierra, pero Carlos espera que su congregación pueda conservar la suya.

Mientras Carlos tocaba la guitarra, de vez en cuando se miraba la mano donde quedan tenues rastros de una cicatriz. Está a mundos de distancia de las jarras de cerveza en La Talacha, pero la cicatriz siempre le recordará de dónde vino y su voluntad de elegir una vida diferente.

 

Carlos se sienta en su oficina en la IMU Woodbine y tiene al lado, el santuario vacío y expectante, esperando su voz. A tres mil kilómetros de distancia, Lucy se sienta a la mesa de su cocina en Morelos, donde también espera la voz de su hijo. Carlos apoya económicamente a su madre y la llama a menudo; es tan consciente de su ausencia en México como de su presencia en Estados Unidos. Todavía recuerda el día que se fue de casa, hace casi 20 años. Se llevó su vida en unas pocas maletas que puso en la cajuela del auto de su amigo. Volteó hacia la casa mientras Lucy se quedó en la puerta, viéndolo irse.

Carlos sabía que su madre quería que se quedara, sin importar lo que le dijera, pero ella se vio reflejada en su ambición y sabía que él necesitaba irse.

“Siento que verme partir fue muy difícil para ella…” Carlos hace una pausa. Mira alrededor de su oficina, un emblema de todo lo que ganó al irse de casa. “Siento que, de alguna manera, ella estaba cumpliendo algunos de sus sueños a través de mí”. Donde quiera que va, lleva a Lucy con él como un talismán. Los sueños de ella son los sueños de él, pues cuando tenía la edad de Carlos, dejó un lugar pequeño por un lugar que se sentía mucho más grande. Ese día, hace 20 años, le tocó a Carlos hacer lo mismo porque saltó al asiento del pasajero y cerró la puerta. Lucy regresó a su casa y Carlos se alejó de Izcalli, hacia su historia no contada.

 

* Mikeie Honda Reiland es escritor en Nashville, donde también entrena al equipo Ultimate Frisbee en la escuela secundaria. Es estudiante del programa MFA de no ficción narrativa de la Universidad de Georgia. Tamara Reynolds es una fotógrafa documental cuyo ojo inquebrantable observa lo que significa ser humano en la sociedad actual. En particular, su trabajo se centra en la vida de quienes normalmente no se ven. Este artículo fue publicado originalmente en inglés en The Bitter Southerner el 1 de marzo de 2022. Para ver la publicación presione aquí.

** Leonor Yanez es traductora independiente. Puede escribirle a IMU_Hispana-Latina @umcom.org. Para leer más noticias metodistas unidas, ideas e inspiración para el ministerio suscríbase gratis al UMCOMtigo.

 

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