Metodistas de Oklahoma peregrinan por la Paz en Colombia

Puntos clave

  • El viaje conectó la fe de las congregaciones de Oklahoma con el testimonio vivo de las comunidades colombianas que construyen paz en sus territorios.
  • La experiencia priorizó escuchar a las víctimas de los márgenes para reafirmar el compromiso metodista unido con la justicia, la dignidad y el perdón.
  • Las lecciones espirituales servirán para renovar el ministerio local de la pastora y movilizar la educación sobre misiones globales en los Estados Unidos.

Este verano viajé a Colombia para unirme a jóvenes adultos metodistas de once países y ser testigo de los efectos duraderos de décadas de conflicto armado, así como del frágil avance de un acuerdo de paz firmado hace casi diez años. Salí de casa para escuchar con humildad, lamentar el dolor que presenciamos y celebrar los pasos dados hacia la construcción de la paz. Lo que viví ha transformado mi manera de entender la fe, la paz y mi propia responsabilidad hacia los/as demás.

La lección central de la peregrinación fue que la paz nunca es fruto del azar, sino una decisión que renovamos cada día. Nuestra fe no es algo abstracto que se deja en una estantería como un simple adorno; es una fe en camino, un movimiento de Dios activo y transformador en nuestros corazones que nos impulsa hacia el prójimo. No se trata de una paz entendida en el sentido superficial y secular de solo un alto el fuego o la ausencia de combates abiertos. Se acerca más a la idea bíblica de shalom: una plenitud que abarca todas las relaciones de la persona con Dios, con el prójimo, con la tierra y consigo misma. El shalom no puede establecerse únicamente mediante un tratado pues debe tejerse de nuevo en la sociedad hilo a hilo, que es precisamente la labor lenta y sin grandes aspavientos que vi realizar a los/as colombianos/as.

Decir que el conflicto de Colombia “no es problema mío” constituye en sí mismo, una forma de violencia: la violencia de la indiferencia. Nunca debemos estar demasiado ocupados/as, demasiado cómodos/as o demasiado temerosos/as para reconocer la imagen de Dios en el prójimo, especialmente en quienes la política nos ha enseñado a ver como enemigos/as o como seres prescindibles. Cuando esa dignidad humana, inherente al hecho de haber sido creados a imagen de Dios se ve vulnerada por el desplazamiento, la violencia sexual o los asesinatos perpetrados por el Estado, no solo estamos ante una violación de los derechos humanos, sino ante una herida teológica. La paz exige más que la ausencia de guerra; requiere ver y escuchar a las personas heridas por el conflicto, así como trabajar para transformar los sistemas que continúan oprimiéndolas.

YAPP Colombia 2026 (Young Adult Pilgrimage of Peace o Peregrinaje de Jóvenes Adultos por la Paz) es un programa internacional del World Methodist Council enfocado en reunir a jóvenes líderes para promover la paz, la justicia y la reconciliación en Colombia. Ilustración cortesia del Concilio Metodista Mundial.

Young Adult Pilgrimage of Peace "YAPP Colombia 2026" (Peregrinaje de Jóvenes Adultos por la Paz)

Es un programa internacional del World Methodist Council enfocado en reunir a jóvenes líderes para promover la paz, la justicia y la reconciliación en Colombia.

Para conocer mas de programa y de la Declaración Final del YAPP Colombia 2026 "un mensaje de esperanza, compromiso y acción para nuestras iglesias y comunidades", abra aqui

Conocí los detalles del acuerdo de paz de 2016 entre el gobierno colombiano y grupos guerrilleros como las FARC, así como la evolución del papel de la Iglesia en dicho proceso. En 2022, el gobierno invitó al Concilio Mundial de Iglesias a acompañar las mesas de negociación de paz en curso, siendo ésta la primera vez que se asignó esa función a una entidad religiosa no católica. El acompañamiento es fundamental porque cada parte en la mesa defiende sus propios intereses, y es necesario que alguien ayude a proteger el espacio donde se pueda generar confianza y expresar la verdad. A nivel de base, organizaciones como DiPaz han colaborado con pastores/as locales para fortalecer a las comunidades y crear vías para la reintegración de los/as excombatientes a la vida civil. Ninguna de estas labores se realiza de forma aislada pues una paz duradera requiere la voz de muchas personas construyendo juntas.

Sin embargo, el acuerdo de paz que cuenta ya con casi una década de antigüedad, sigue inconcluso. Los cambios en la administración gubernamental, la falta de fondos para su implementación y la persistente atracción del narcotráfico, la minería y la trata de personas han ralentizado el proceso. Más de cinco millones de personas han sido desplazadas internamente a causa del conflicto siendo casi la mitad de ellas, niños/as, y las mujeres han soportado una carga desproporcionada de violencia sexual, desplazamiento y desintegración familiar.

En ningún lugar se hizo más evidente el costo de esta paz inconclusa que en la glorieta de Cali, donde 113 jóvenes perdieron la vida a manos de la violencia estatal durante las protestas de 2021. Un tribunal popular dictaminó más tarde que estas muertes constituían un genocidio contra la juventud; sin embargo, el gobierno nunca ha reconocido formalmente lo sucedido ni ha pedido disculpas por ello. Al estar allí, frente a ese memorial comprendí por qué los/as colombianos/as insisten en mantener viva la memoria en los espacios públicos. El olvido es una forma de borrar ese hecho, y las familias que aún aguardan justicia se niegan a ser descartadas. El lamento es un acto teológico de resistencia frente a un mundo que prefiere pasar página y olvidar.

También encontré esperanza en lugares inesperados, como el huerto comunitario creado por un hombre llamado Camilo, quien vio un vertedero de basura en el barrio Siloé de Cali e imaginó en su lugar, un aula viva. Incluso después de que Camilo fuera asesinado, su familia mantuvo vivo el huerto en colaboración con un maestro de la escuela primaria local. El huerto es prueba de que la paz se construye mediante actos pequeños, pacientes y reparadores, más que a través de grandes gestos: un huerto, un espacio seguro donde los/as niños/as pueden aprender y cultivar sus propios alimentos, un recuerdo que se preserva en lugar de ser sepultado.

El proceso de paz de Colombia también me enseñó que la inclusión determina de quién es la paz que se construye. Los/as jóvenes y las mujeres sufrieron profundamente el reclutamiento por parte de grupos armados y el desplazamiento. Una paz que se centra únicamente en quienes ya ostentan el poder siempre dejará a alguien atrás. La verdadera construcción de paz implica llevar a la mesa las voces que provienen de los/as marginados/as, voces que deben ser incluidas no por lástima, sino por un compromiso genuino con el bienestar de todos/as, siguiendo el ejemplo de Cristo quien siempre puso en el centro a quienes habían sido relegados/as a los márgenes de su propia sociedad.

Jóvenes de 11 países se reunieron en las ciudades colombianas de Bogotá y Cali, entre 27 de junio y el  2 de julio de 2026, bajo el auspicio de la Junta General de Ministerios Globales (GBGM), la Junta General de Educación Superior y Ministerio (GBHEM) de La Iglesia Metodista Unida, la Iglesia Colombiana Metodista, el Concilio Mundial Metodista y la Iglesia Metodista Coreana. Foto cortesia de la Conferencia Anual de Oklahoma.

Jóvenes de 11 países se reunieron en las ciudades colombianas de Bogotá y Cali, entre 27 de junio y el  2 de julio de 2026, bajo el auspicio de la Junta General de Ministerios Globales (GBGM), la Junta General de Educación Superior y Ministerio (GBHEM) de La Iglesia Metodista Unida, la Iglesia Colombiana Metodista, el Concilio Mundial Metodista y la Iglesia Metodista Coreana. Foto cortesia de la Conferencia Anual de Oklahoma.

Quizás la conclusión más práctica fue reconocer la paz como una elección cotidiana, que se vive no solo en Colombia sino también en casa, en Oklahoma. Las formas del conflicto varían pero la invitación es la misma: ver a las personas en lugar de abstracciones, decir la verdad sobre el sufrimiento en vez de restarle importancia, y elegir la restauración frente a la indiferencia.

Como metodista unida vuelvo una y otra vez a la insistencia de Wesley en que no existe santidad que no sea santidad social: la fe personal y la justicia pública nunca debieron separarse. La santificación, en el sentido wesleyano, no es simplemente una experiencia interior, sino una vida que se acerca cada vez más al amor a Dios y al prójimo, llevada a la práctica en comunidades y sistemas reales. La paz de Colombia, al igual que nuestra propia santificación, aún no está completa: habita en ese espacio de “ya, pero todavía no” donde el reino de Dios ha irrumpido pero aún no ha llegado en plenitud. Ese carácter inconcluso no es motivo de desesperación pues es la esencia misma de la esperanza cristiana: confiar en que el Dios que resucitó a Cristo de entre los muertos sigue obrando para sanar lo que la violencia ha roto, y nos invita a participar en esa obra en lugar de dejarnos como meros espectadores. La paz, pues, no es algo sobre lo que simplemente pensamos, leemos o escribimos; es algo que debemos vivir, día a día y decisión tras decisión, hasta que se convierta en el mundo que habitamos.

* Paul es pastora de Vida Comunitaria en la Iglesia Metodista Unida Esperanza Nueva, de la Conferencia Anual de Oklahoma. Para ver el articulo original en ingles abra aquí.

** Leonor Yanez es traductora independiente. Puede escribirle a [email protected]. Para leer más noticias metodistas unidas, ideas e inspiración para el ministerio suscríbase gratis al UMCOMtigo.

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