La Escritura: Reforma y actualización

La interpretación de la Biblia solo podía ser realizada por el Magisterio de la Iglesia. Lutero desafía esa restricción y traduce el Nuevo Testamento al alemán hablado por la gente común. “Mi deseo para Dios,” decía Lutero, “es que este libro esté en todas las lenguas, y en todos los hogares”.

“Jesús predicó el Reino, lo que llegó fue la iglesia”. Una frase sugestiva que nos ayuda a pensar, en este mes de La Reforma, sobre la iglesia como institución y la iglesia como militancia misionera que busca el Reino de Dios. Ambas están en una constante tensión. Si bien la institución es necesaria como mediación histórica, no deja de ser un límite para la militancia en busca del Reino.

Ese hecho llevó a lo largo de la historia a que muchos cristianos, en distintos momentos, intentaran ampliar, repensar y reformar esta institución para que sea más funcional a los impulsos de la búsqueda del Reino. La Reforma Protestante fue uno de esos momentos, no el único, y el nombre mismo lleva implícita la tarea:fue necesario protestar para reformar.

Los cambios casi nunca se producen armónicamente y sin conflicto. La presencia del reino es siempre conflicto de crecimiento. Por eso podemos afirmar que los momentos más ricos y productivos y esperanzadores en la historia de la iglesia fueron aquellos en donde hubo conflictos y discusión. Algunas formas deben abrirse para dejar paso a la onda expansiva del Reino. La iglesia debe encontrarse en un estado de constante reforma. Este es el núcleo, la enseñanza más importante de La Reforma, pero también el más olvidado.

El otro núcleo de la reforma es, sin duda, la apertura de la Biblia para la lectura del pueblo. ¿Siempre la gente tuvo acceso a la Biblia como lo tiene hoy? Lamentablemente no. El acceso libre a una Biblia fue uno de los logros más importantes de la Reforma. Durante toda la Edad Media, la Biblia “oficial” era la traducción en latín conocida como Vulgata.

Hubo traducciones anteriores parciales, la más conocida fue la versión al inglés de Juan Wycliffe en 1384, pero se enfrentó con dos problemas: la imposibilidad de realizar múltiples reproducciones (aún no existía la imprenta), y el accionar de la Inquisición, que no aceptaba ninguna traducción fuera de la Vulgata. Por eso la Biblia seguía siendo un libro vedado para la gente común que no leía latín, pero además, porque la iglesia no permitía su libre circulación. La interpretación de la Biblia solo podía ser realizada por el Magisterio de la Iglesia. Lutero desafía esa restricción y traduce el Nuevo Testamento al alemán hablado por la gente común. “Mi deseo para Dios,” decía Lutero, “es que este libro esté en todas las lenguas, y en todos los hogares”. 

A diferencia de los tiempos de Wycllife, Lutero, doscientos años después, sí tenía a su disposición la flamante imprenta. El Nuevo testamento en la lengua del pueblo pronto comenzó a circular irrefrenablemente. A pesar de duros intentos por parte de la Inquisición, su lectura popular no pudo ser evitada. Este hecho fue otra de las claves del éxito de la Reforma. La Biblia comenzó a traducirse en diferentes idiomas. La que llegó a nuestras tierras fue la versión en castellano de Casiodoro de Reina de 1569. De eso también se trataba la Reforma: de volver a las fuentes y poder acceder a la Palabra de Dios sin intermediarios. En este sentido la Reforma es un camino abierto que aún nos desafía.

* Daniel Bruno es Licenciado en Teología (ISEDET), Profesor de Historia, Máster en Teología Sagrada (Drew, EE.UU.), Director del Centro Metodista de Estudios Wesleyanos (CMEW) y Pastor de la Iglesia Evangélica Metodista Argentina. Para ver la publicación orioginal de este artículo habra el enlace aquí.

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