Rev. Dr. Tercio Junker. Foto cortesía de la Conferencia Anual del Norte de Illinois.
Artículos de Opinión
Noticias MU publica artículos de opinión sobre temas específicos en la denominación. Los artículos de opinión reflejan una variedad de puntos de vista y son las opiniones propias de los escritores, que no reflejan las posiciones del servicio de Noticias MU.
Puntos clave:
- Las elecciones brasileñas evidenciaron la importancia de la participación ciudadana y la movilización popular en la defensa de la democracia.
- El Rev. Tércio Junker examina los desafíos que representan la desinformación, la polarización y el odio para la convivencia democrática.
- Desde una perspectiva cristiana, el autor destaca la responsabilidad de las iglesias y la ciudadanía de promover la justicia, la verdad y el respeto a la dignidad humana.
A veces, unas elecciones nos dicen mucho más que quién ocupará la presidencia. Nos muestran los temores de un país, los recuerdos que conserva y aquello que su pueblo está dispuesto a defender. Eso fue lo que ocurrió en Brasil el 25 de octubre de 2026. La contienda planteó preguntas que van mucho más allá de las diferencias partidistas: ¿Qué tan segura está nuestra democracia? ¿Quién decide el futuro de Brasil? ¿Qué sucede con la vida pública cuando la mentira y el odio se convierten en instrumentos políticos? ¿Y qué pueden hacer las personas comunes cuando sienten que algo tan valioso está en peligro?
Luiz Inácio Lula da Silva fue reelegido con 64.256.232 votos (el 51,79 % de los votos válidos), mientras que Flávio Bolsonaro obtuvo 59.826.041 votos (el 48,21 %). Lula había quedado detrás de Bolsonaro en la primera vuelta. La remontada fue impresionante, pero las cifras, por sí solas, no explican todo lo sucedido. Entre las dos vueltas, las brasileñas y los brasileños ocuparon calles y plazas, se organizaron a través de las redes sociales, conversaron con sus vecinos y se negaron a aceptar que el resultado ya estuviera decidido. El desenlace pertenece al electorado, en toda su diversidad, pero también nos invita a reflexionar sobre la fuerza de la participación popular.
Escribo sobre estas elecciones como alguien profundamente convencido de que la fe cristiana no puede quedar encerrada entre las paredes de una iglesia. No creo que Dios pertenezca a un partido político, ni que un presidente electo deba ser tratado como un salvador. Sin embargo, las Escrituras tienen mucho que decirnos sobre el ejercicio del poder, el sufrimiento de las personas vulnerables, la tentación de engañar y la responsabilidad de buscar la justicia. Estas cuestiones no son ajenas a la fe. Por el contrario, se encuentran entre sus exigencias más profundas.
La democracia tiene una historia y un precio
Quienes vivieron durante la dictadura militar brasileña, o crecieron escuchando cómo esos años afectaron a las familias y comunidades, saben por qué nunca debemos dar por sentada la democracia. Entre 1964 y 1985, la censura, la persecución política, las detenciones, la tortura, el exilio y las restricciones a las libertades marcaron la vida del país. Esas heridas no desaparecieron cuando terminó la dictadura. Permanecieron en la memoria, en las instituciones y en la difícil tarea de reconstruir la confianza en la vida pública.
Muchas manos participaron en esa reconstrucción. Estudiantes, dirigentes sindicales, periodistas, artistas, iglesias y defensores de los derechos humanos asumieron riesgos para que las generaciones futuras pudieran vivir de otra manera. Durante el movimiento Diretas Já, entre 1983 y 1984, grandes multitudes llenaron los espacios públicos para exigir el derecho a elegir directamente al presidente de la República. La demanda no triunfó de inmediato, pero el movimiento contribuyó a abrir el camino hacia la transición democrática. La Constitución de 1988 dio a esa lucha una base jurídica duradera, reafirmando la ciudadanía, los derechos fundamentales y la participación política.
La lección es contundente: celebrar elecciones no basta para mantener libre a un país. Las instituciones democráticas deben actuar con independencia. Los periodistas necesitan libertad para investigar. La ciudadanía debe poder protestar, organizarse, expresar desacuerdos y exigir que sus gobernantes rindan cuentas. Incluso quienes ganan las elecciones deben permanecer sujetos a las leyes que dan legitimidad al proceso electoral.
El profeta Amós se dirigió a una comunidad que sabía practicar su religión, pero descuidaba la justicia: “Pero que fluya el derecho como las aguas, y la justicia como arroyo inagotable” (Amós 5:24). El culto religioso sin justicia era insuficiente entonces y sigue siéndolo hoy. Una democracia digna de ese nombre debe evaluarse por mucho más que ceremonias y declaraciones oficiales. Debemos preguntarnos qué derechos se protegen, qué sufrimientos se escuchan y si el poder está al servicio del pueblo o solo busca preservarse a sí mismo.
El pueblo volvió a las calles
Después de la primera vuelta, muchos simpatizantes de Lula se sintieron desalentados. Sin embargo, el desaliento no tuvo la última palabra. Estudiantes, trabajadores, artistas, movimientos sociales y personas que nunca se habían considerado activistas participaron en manifestaciones en ciudades de todo Brasil. En São Paulo y Río de Janeiro, las multitudes recordaron que la vida pública no pertenece únicamente a los políticos profesionales. Las calles se transformaron en lugares de encuentro, determinación y esperanza.
La movilización, sin embargo, no ocurrió solo en las calles. Los grupos de WhatsApp y las redes sociales ayudaron a compartir información, organizar encuentros y llegar a comunidades alejadas de los actos tradicionales de campaña. André Janones y otros dirigentes hicieron de la movilización digital una parte importante del proceso electoral. Esto nos recordó el doble carácter de los medios de comunicación contemporáneos: las mismas redes que difunden rumores y hostilidad también pueden acercar a las personas en torno a iniciativas pacíficas de participación ciudadana.
Debemos resistir la tentación de explicar el resultado electoral a partir de una sola causa. Las personas votaron por diferentes razones, entre ellas sus experiencias económicas, sus expectativas sobre las políticas públicas y sus evaluaciones de los candidatos. Nadie puede calcular con precisión cuántos votos fueron influidos por una marcha o por un mensaje. Lo que sí podemos afirmar es que las manifestaciones rompieron con la idea de la resignación. Dieron expresión pública a la convicción de que el pueblo todavía tenía un papel fundamental que desempeñar.
Pienso en Nehemías, quien encontró las murallas de Jerusalén en ruinas y convocó al pueblo a reconstruirlas. El relato no trata de unas elecciones modernas, sino del trabajo humano necesario para restaurar una comunidad. Nadie reconstruyó las murallas en soledad. Las personas asumieron juntas la responsabilidad de una tarea mayor que cada una por sí sola. La democracia también necesita mucho más que un líder admirado. Necesita personas dispuestas a trabajar, hablar, escuchar y seguir participando después del día de las elecciones.
La soberanía es más que un lema
Las elecciones también plantearon una pregunta con la que el pueblo brasileño ha tenido que enfrentarse a lo largo de su historia: ¿Quién decide nuestro futuro como nación? La soberanía significa que las decisiones políticas de Brasil deben ser tomadas por su pueblo, mediante sus instituciones legítimas, y no impuestas por presiones externas. Pero la soberanía no significa cerrar las puertas al mundo. La cooperación internacional, la diplomacia, el comercio y las responsabilidades ambientales compartidas son perfectamente compatibles con la independencia nacional.
El relato del Éxodo ofrece un lenguaje teológico para reflexionar sobre la dominación y la libertad. Dios escucha el sufrimiento de un pueblo tratado como instrumento del poder de otro gobernante. No debemos reducir ese antiguo relato bíblico a una comparación simplista con la política actual. Aun así, su insistencia en que el sufrimiento de las personas oprimidas sea visto y escuchado conserva una profunda importancia. La independencia de una nación adquiere significado moral cuando contribuye a proteger la dignidad y la libertad de quienes viven en ella.
Miqueas nos llama a “practicar la justicia, amar la misericordia y caminar humildemente con tu Dios” (Miqueas 6:8). Estas palabras ofrecen un criterio necesario para evaluar el patriotismo. Amar verdaderamente a Brasil significa preocuparse por los pueblos indígenas, la protección de la Amazonía, los derechos de los trabajadores, la diversidad cultural y las posibilidades de las niñas y los niños que heredarán el país. El orgullo nacional pierde su orientación moral cuando se convierte en desprecio hacia otros pueblos o en lealtad ciega a un gobernante.
Cuando la mentira se convierte en arma política
Quizás nada haya transformado tan profundamente el debate político como la velocidad a la que circulan las mentiras hoy en día. Una acusación inventada, un video sacado de contexto o una denuncia sensacionalista sobre el sistema electoral puede llegar a miles de personas antes de que alguien tenga tiempo de verificar su veracidad. Muchos de estos mensajes no buscan informar, sino provocar miedo o indignación. Repetidos una y otra vez, terminan dejando a las personas sin saber en quién confiar.
El proceso electoral brasileño enfrentó información falsa sobre los procedimientos de votación, las urnas electrónicas y la integridad de los resultados. Existe una diferencia fundamental entre formular preguntas legítimas y presentar sospechas como si fueran pruebas. Los cuestionamientos merecen respuestas fundamentadas en evidencias y acceso a los procedimientos legales de impugnación. Las acusaciones falsas, por el contrario, causan daños incluso cuando luego son desmentidas, porque enseñan a la ciudadanía a considerar fraudulenta cualquier institución cuando el resultado contradice sus expectativas.
Suscríbase a nuestro nuevo boletín electrónico en español y portugués UMCOMtigo
El mandamiento contra el falso testimonio (Éxodo 20:16) habla directamente a esta realidad. No se trata solo de una orientación sobre la honestidad individual. La mentira puede herir al prójimo, envenenar a una comunidad y distorsionar la justicia. Isaías también advierte contra quienes llaman bueno a lo malo y malo a lo bueno (Isaías 5:20). Cuando Jesús afirma que la verdad nos hará libres (Juan 8:32), el Evangelio se refiere, en primer lugar, al discipulado y a la liberación en Cristo. Sin embargo, estas palabras también deberían inquietar a cualquiera que invoque la fe mientras difunde deliberadamente mentiras.
Como cristianos, no deberíamos compartir una noticia solo porque condena a alguien que nos desagrada. Necesitamos preguntarnos de dónde proviene esa información, si podemos verificarla y si compartirla contribuirá a esclarecer la verdad o solo alimentará el resentimiento. El mismo criterio debe aplicarse a las noticias que parecen favorecer nuestras propias preferencias políticas. Nuestro compromiso con la verdad se pone a prueba, sobre todo, cuando decirla resulta inconveniente.
Resistir al odio sin convertirnos en personas llenas de odio
Brasil está dividido, y esas divisiones no desaparecerán simplemente porque las elecciones hayan terminado. Los ciudadanos mantienen desacuerdos sinceros sobre la seguridad pública, el empleo, los impuestos, los servicios públicos y el papel del Estado. Estas diferencias forman parte de la democracia. Lo que no puede formar parte de ella es la idea de que quienes votan de manera diferente deban ser tratados como enemigos.
El odio facilita la justificación de la crueldad y dificulta la disposición a escuchar las preocupaciones de otras personas. También puede dar a los dirigentes políticos una especie de autorización para cruzar límites que sus propios seguidores antes consideraban inaceptables. Por eso, la enseñanza de Jesús de amar a nuestros enemigos (Mateo 5:44) no es un añadido sentimental a la vida política. Es una exigencia profunda: no permitir que la hostilidad de otra persona determine nuestra propia manera de actuar.
Amar no significa cerrar los ojos ante la corrupción, la discriminación, las amenazas o los ataques al orden constitucional. La justicia exige rendición de cuentas. Pero la responsabilidad y la venganza no son lo mismo. En la parábola del Buen Samaritano, Jesús desplaza la atención de la pregunta sobre quién merece ser considerado nuestro prójimo hacia la responsabilidad de hacernos prójimos mediante nuestras acciones (Lucas 10:25–37). Este cambio debería incomodar cualquier intento de utilizar la religión para despojar de su humanidad a quienes piensan políticamente de otra manera.
Las iglesias tienen una responsabilidad especial en este contexto. Nunca deberían convertirse en lugares donde la lealtad partidista sirva para justificar la deshonestidad o la crueldad. La iglesia necesita conservar su libertad profética para denunciar los abusos de cualquier gobierno, solidarizarse con las personas vulnerables y promover una reconciliación que no oculte las injusticias. De lo contrario, la fe se convierte en otro instrumento en la disputa por el poder.
Una esperanza que asume responsabilidades
La teología latinoamericana de la liberación lleva décadas insistiendo en que la fe cristiana debe dialogar con las condiciones reales de la vida de las personas: el hambre, la desigualdad, la exclusión, la represión y el anhelo de vivir con dignidad. El cántico de María, en Lucas 1:46–55, celebra a un Dios que mira a los humildes y confronta la arrogancia de los poderosos. En Lucas 4:16–21, Jesús anuncia buenas noticias a los pobres y libertad a los oprimidos. Ninguno de estos pasajes constituye una plataforma electoral. Ambos, sin embargo, nos recuerdan que el Evangelio tiene consecuencias para la manera en que tratamos a nuestro prójimo y organizamos nuestra vida en sociedad.
Paulo Freire enseñó que las personas no nacieron para recibir pasivamente la interpretación del mundo elaborada por otros. Pueden aprender a cuestionarla, dialogar y participar en la transformación de sus propias circunstancias. Esta convicción nos ayuda a comprender por qué las manifestaciones recientes son importantes más allá del resultado inmediato de las elecciones. La energía política manifestada en las calles solo se convierte en esperanza duradera cuando se traduce en participación consciente, vigilancia ciudadana y cuidado mutuo.
Las elecciones terminaron, pero el trabajo de fortalecer la democracia brasileña no ha terminado. Millones de personas votaron por proyectos diferentes para el país. Todas siguen siendo ciudadanas, con derechos y responsabilidades. Quienes gobiernan deben rendir cuentas de sus decisiones, y quienes se oponen al gobierno deben conservar la libertad de expresarse y organizarse pacíficamente. Las elecciones determinan quién ocupará el poder durante un período determinado. No resuelven, por sí mismas, las cuestiones morales sobre cómo debe ejercerse ese poder.
Vuelvo, finalmente, a las palabras de Jesús: “Conocerán la verdad, y la verdad los hará libres”. La verdad jamás será servida por el miedo o el odio fabricado, así como la libertad no puede defenderse con indiferencia. Brasil conoce el precio de perder los derechos democráticos. También conoce el valor de las mujeres y los hombres que se unieron para recuperarlos. Las multitudes de octubre nos recuerdan esa historia, no porque todas las personas presentes en las calles estuvieran de acuerdo en todo, sino porque eligieron participar en lugar de permanecer en silencio.
Hay motivos para agradecer después de unas elecciones, pero la gratitud no debe convertirse en conformismo. Defendemos la democracia cuando rechazamos la mentira, resistimos la injusticia, cuestionamos a quienes ejercen el poder y respetamos la dignidad de las personas que votaron de manera diferente a nosotros. Defendemos la soberanía cuando cuidamos del país y de su pueblo, sin tratar a la nación como propiedad de ningún partido. Y practicamos la esperanza cristiana cuando transformamos nuestras convicciones en servicio. El futuro de Brasil no puede depender de unas solas elecciones ni de un solo líder. Depende, día tras día, de personas dispuestas a cuidarse unas a otras y a cuidar la democracia que comparten.
* Junker es pastor de la Iglesia Metodista Unida de Friendship en Bolingbrook, Illinois.